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Nuestra Historia

Un Interludio en nuestra vida.

interludio para todosA mediados del mes de abril del 2008, mi esposa y yo, justo un mes después de casarnos, habíamos empezado a soñar con la fundación de una nueva comunidad. Sin duda, esta nueva comunidad debía responder a las exigencias eclesiológicas de la época, estábamos convencidos de que el camino a recorrer era duro y arriesgado, no teníamos mucha idea de cómo lo íbamos a lograr. Sin embargo, llenos de convicciones, nos lanzamos de lleno a la ardua y emocionante tarea de crear una nueva comunidad de creyentes.  Aun recuerdo aquella madrugada en la que Laura y yo vimos el amanecer a través de la ventana de nuestra habitación. Habíamos pasado toda la noche buscando la voluntad de Dios, no queríamos dar pasos apresurados y nos invadía una nostalgia furiosa. Dejar la iglesia en la que tantos años habíamos estado y trabajado, con todas aquellas personas que amábamos y seguimos amando, no era un paso fácil. De alguna forma, que no podría explicar, Dios nos convenció a ambos que su plan era hacer nacer una nueva Comunidad.

Necesitábamos una pausa urgente, un descanso, un refrigerio. Necesitábamos respirar detenidamente y con libertad.  Nos urgía detener el inmenso engranaje de nuestra vida y tener una pausa a solas con Dios.  Queríamos, de alguna forma, alejarnos de todo por un momento y encontrar quietud y silencio para reflexionar y diseñar los detalles de la nueva comunidad.

Nos enrumbamos hacia Playa Potrero, en Guanacaste, unas cinco horas por tierra desde nuestra casa en San José. Recorrimos los sinuosos 285 kilómetros hacia el norte del país, donde las olas del Pacífico abrazan las arenas, también pacíficas, de Costa Rica.  Llegamos a nuestro destino cuando ya hacía horas que el día se había ido, era una noche prodigiosa y cálida.  El olor a salitre llenó nuestros pulmones con esa misteriosa serenidad que solo puede dar el mar.  Dormimos plácidamente, arrullados por el susurro incesante de las olas que reventaban en la lejanía.  Justo antes del amanecer me despertaron los aullidos de los Congos. Me levanté y escruté el horizonte a través de la ventana. Era el momento exacto en que la aurora despliega esos colores violáceos que anuncian la llegada de un nuevo día. Los Congos aúllan a esta hora para recordarle al mundo que éste es su territorio (aunque ya no lo sea), para que nadie se atreva a desafiar su dominio sobre ese trozo de tierra. Algunos humanos actúan como Congos -pensé dibujando una leve sonrisa en mis labios-.  Daban las 5:15 y aun tenía sueño. Decidí regresar a la cama y recostarme unos minutos más. Instantes después (en realidad habían pasado 3 horas) el sol nos empujó fuera de las cobijas. Por primera vez en años sentía que la noche me había sido fiel y me había regalado descanso, energía y vitalidad.

Fueron 3 días de verdadera calma. La casa donde nos hospedábamos había sido construida en la cúspide de una pequeña montaña cuya falda se transformaba en playa de arena blanca. Desde esa cumbre podíamos disfrutar de una vista espectacular. Ver el océano en su inmensidad nos llenaba de alegría y esperanza.  Era una visión que infundía esa clase de libertad que probablemente solo experimentamos cuando somos jóvenes. Esta era una pausa revitalizante en la que nos encontramos con Dios y Dios nos devolvió las ganas de vivir. Fue en ese momento cuando lo comprendimos. Queríamos que la nueva comunidad proveyera esa clase de refrigerio para todas aquellas personas que sabíamos que vendrían cansadas, decepcionadas, heridas y sin ganas de vivir.  Nuestra nueva comunidad debía ser una pausa de descanso y sanidad, un lugar para volver a empezar, para recobrar la libertad perdida y remontar la vida con más esperanza.  

Interludio, teología de la Pausa.

Recordé que en la Biblia existe una extraña palabra hebrea que evoca la idea de una pausa con propósito. Corrí emocionado a buscar mi Biblia. La abrí en el libro de los Salmos y empecé a hurgar en sus versos. De pronto estaba ahí, en el segundo verso del salmo 3. Instintivamente mis ojos recorrieron el texto del salmo para averiguar si la palabra aparecía más veces. Ahí estaba de nuevo dos versos después y luego en el verso 8. Continué mi búsqueda lleno de curiosidad. En el salmo 4 también vi la enigmática palabra, luego  en el 7 y en el 9… finalmente la encontré en 39 salmos un total de 71 veces. Posteriormente me di cuenta que es usada también en el libro de Habacuc 3 veces más.

Me refiero a esa misteriosa palabra que aparece flotando entre verso y verso, como si estuviera volando o bailando fuera de la estructura tan cuidadosamente entretejida de cada salmo.  Se mueve sigilosamente a su aire, aparece de forma aparentemente caprichosa e inesperada. Es como si no formara parte del texto. A simple vista transmite una apariencia juvenil y despreocupada. Si tuviera que describirla como a un ser humano diría que es una mujer joven y sonriente, con cabellos muy largos que ondean al caminar o al contacto con la brisa. La imagino vistiendo una amplia y larga falda de colores, sandalias cómodas y variedad de pulseras en sus muñecas. Intuyo que la mayoría de nosotros la hemos encontrado bailando entre salmo y salmo, la hemos saludado sonrientes y hemos seguido nuestro camino dejándola continuar libremente el de ella.  Selah.

Esta vez quise contemplarla con más detenimiento. Algo me decía que esta palabra iba a ser muy importante para mí.  Al estudiarla pude constatar que ya otros habían sido cautivados por ella.  San Agustín, por ejemplo, pasó tiempo con ella y la describía como una pausa musical,  apegándose a la primera versión griega del Antiguo Testamento, la Septuaginta (LXX), que la traduce con el término griego diapsalma (= Intermedio musical). Una pausa o un intermedio, esto me estaba empezando a gustar.  Más adelante, el profesor Eardmans sugirió que selah  era la acción de inclinarse en oración. Esto me llamó mucho la atención porque los árabes llaman salat a la oración ritual en la que el orante se postra en completa humildad y devoción exponiéndole a Dios todas sus dificultades.  Al ser lenguas semíticas, el árabe y el hebreo tienen muchos términos similares.  Finalmente, E. König propuso una muy expresiva interpretación: “¡Arriba!” o “¡Con más vigor!”  Los salmos son esencialmente música, según esta última interpretación, selah sería la indicación para que los músicos eleven el tono o la intensidad.   Pausa, inclinarse para orar, elevar el tono. Yo estaba fascinado. Esta palabra describía a la perfección lo que esos 3 días de descanso en la playa habían hecho en nuestras vidas. Habíamos hecho una pausa, nos habíamos postrado para orar a Dios y exponerle nuestras preocupaciones y dudas y, al finalizar, habíamos elevado el tono de nuestras vidas, de tal manera que teníamos más vigor para seguir adelante.

Habíamos encontrado una palabra que resumía todo lo que anhelábamos imprimir en la nueva comunidad. En ella las personas podrían hacer una pausa en medio del trajín de sus vidas, pero ésta sería una pausa con propósito. Una pausa para inclinarse y encontrarse con Dios de una forma fresca y relajada. Una pausa en la que cada quien pudiera recobrar fuerzas para vivir con más vigor y esperanza. Nos propusimos reunir todas las piezas del rompecabezas en un solo término. El puzle cuidadosamente ensamblado hizo emerger la palabra Interludio. La nueva comunidad sería bautizada antes de nacer con el significativo nombre de Comunidad Interludio. Ya teníamos el nombre y el concepto, ahora vendría lo realmente emocionante: empezar.

Teología de La Raclette.

Durante nuestra luna de miel, Laura y yo, habíamos hecho un feliz descubrimiento culinario. Fue en la ciudad de Múnich, en Alemania. Unos amigos tenían en la mesa un singular aparato octogonal al que llamaban La Raclette.  El sino del destino había decidido que solo unos días antes recibiéramos uno de esos artefactos como regalo de bodas. Sorprendidos por la curiosa coincidencia sometimos a nuestros amigos a un intenso interrogatorio con el fin de aprender a utilizar aquél artilugio.  Cuando hubimos escuchado sus explicaciones, Laura y yo estábamos enamorados de aquél plato de origen suizo. Durante todo el viaje (recorrimos embelesados las ciudades de Barcelona, Múnich, Viena, Salzburgo y varios pueblitos empotrados en los Alpes austriacos) esa comida fue protagonista de muchas de nuestras conversaciones. Acordamos estrenar nuestra raclette en cuanto regresáramos a casa. Y así lo hicimos.

La palabra raclette viene del francés racler, que significa literalmente raspar.  Esta palabra denomina un tipo específico de queso, oriundo del cantón suizo de Valais,  que utilizaban los campesinos de los Alpes.  Aquellas gentes solían llevar sus ganados a pastar muy lejos de sus casas, pernoctando al cuidado de sus vacas en las frías laderas de las montañas. Por las noches hacían una hoguera a la que acercaban una piedra en la que se derretía un queso que podía llegar a pesar hasta 6 kilogramos. Luego raspaban el queso para verterlo sobre papas asadas. En las amplias soledades de aquellas montañas, los campesinos solían pasar largas horas nocturnas conversando y comiendo entre amigos.  La tradición arraigó profundamente y se extendió a otros países. Hoy se fabrican aparatos especialmente diseñados para preparar este platillo.  La raclette se coloca en medio de los comensales y todos cocinan juntos mientras comen y conversan. No existe un chef profesional ni un cocinero del día, sino que todos son los creadores del plato, cuya receta puede ser combinada en una variedad de formas prácticamente infinita. Los comensales se sienten libres sin normas definidas de protocolo, propiciando un ambiente festivo, de tolerancia y respeto en medio de la creatividad.

Cuando Laura y yo regresamos de nuestra pausa con propósito en la playa,  decididos a echar a andar la Comunidad Interludio,  hicimos una cena raclette con las personas que nos acompañarían en el nacimiento de Interludio.  El valor supremo de la raclette es su carácter comunitario, algo que deseábamos que también caracterizara a la Comunidad Interludio.  Esta sería una comunidad donde todos seríamos bienvenidos sin distinción alguna, donde no existieran grandes estrellas o una élite de sabios o expertos (chefs espirituales), su autoridad sería el amor (cf. 1 Cor. 13), su poder, la Palabra de vida (cf. Jn.1:1), su verdad, el perdón y la comunión regalados no solo a creyentes.  Aquélla cena fue el inicio de la Comunidad Interludio. Una cena que definió mucho del carácter y del formato de todo cuanto hacemos. Recordamos juntos que la comunidad de amigos de Jesús se basaba también en una serie de eventos gastronómicos de carácter comunitario.  La comunidad de amigos de Jesús era un espacio donde podían converger personas de todo tipo para comer juntos pan y pescado y para alimentarse también de Palabra de vida (Mt. 14:13-21), lo que también podía suceder alrededor de una mesa llena de pecadores (Mc. 2:15-16), sin que los comensales tuvieran que ingerir comida pura o ser la comunidad de las “manos limpias”  (Mc.7:1-23).  En la comunidad de Jesús sabían muy bien que el amor, si deja de ser gratuito, pierde inmediatamente su esencia y deja de ser amor, convirtiéndose en negocio, intercambio o trueque. Y Jesús no pedía nada a cambio, no quería un trueque equivalente, él solo quería dar su vida en amor gratuito y generalizado (cf. Mc. 6:36-37).  Deseábamos que en Interludio reinara el amor gratuito y el respeto mutuo. Porque el amor que no se entrega y la palabra que no sabe dialogar se convierten en ideología.  Queríamos evitar a toda costa los excesos del autoritarismo, los legalismos y las estructuras arbitrarias que convierten a la iglesia en una dictadura espiritual y que tantas heridas han causado a creyentes y no creyentes.  Dimos inicio a nuestra comunidad reconociendo que ninguno de nosotros es perfecto, que somos todos pecadores y necesitados de la gracia de Dios. De igual forma tomamos la determinación de que en nuestra comunidad debían darse la mano todo tipo de personas en amor, aceptación mutua, tolerancia y respeto.  Desde ese día, la raclette se convertiría en nuestro símbolo del amor fraternal, de la comunidad de fe y de las relaciones saludables que nos empeñaríamos en construir (Col. p).

Todos tenemos sed.

En las semanas que siguieron a la cena raclette,  en la que siete personas habíamos soñado, comido, reído y creído juntos, mucha gente se empezó a unir al grupo. Nos reuníamos en la sala de nuestra casa.  Un salón tan pequeño como acogedor que en poco tiempo empezó a quedarse estrecho. Un día de tantos ya no cupimos, no entraba un alma más.  En febrero del 2009 nos trasladamos a un nuevo lugar, más amplio, más céntrico y completamente equipado para la realización de nuestras celebraciones. Un gran número de las personas que se integraban venían heridas y rechazadas por otras comunidades, otros ni siquiera habían visitado un evento cristiano en toda su vida. Cada día venían más personas a nuestras reuniones: católicos, evangélicos, resentidos, decepcionados y buscadores de todo tipo con los que procurábamos poner en práctica nuestros valores de amor gratuito y respeto inquebrantable.  Pronto nos percatamos de lo difícil que resultaba ser fieles a estos principios. No obstante nos empeñamos en lograrlo. El amor gratuito no es un concepto comúnmente enseñado, los seres humanos hemos creído el mito de que “nada es gratis” y actuamos condicionados por este pensamiento, incluso en nuestra relación con la iglesia y, lo que es más triste, con Dios. Las ideas erróneas acerca de lo que es la iglesia también dificultaban mucho la práctica de la gratuidad.  Impera la noción de ser sirvientes de Dios y súbditos de los líderes eclesiales. Una obediencia obligatoria sin más alternativa que dominar (liderazgo) o ser dominados (comunidad). Yo me preguntaba perplejo ¿Hace cuánto que hemos olvidado que el Dios de Jesús no busca siervos, sino amigos (Jn. 15:15)? Lo que encontramos en el Nuevo Testamento es la conformación de una comunidad de escucha mutua, en la que todos se sirven, acogen y aman (Fil. 2:1-4).
Optamos por presentar a Interludio como una comunidad conformada por gente necesitada. Tal como comenta Drewermann en su diálogo con el obispo Jacques Galliot: “Me gusta mucho la actitud de Jesús ante la samaritana. Está cansado; tiene sed: no lo hace a propósito, no está fingiendo. Comienza por pedir de beber. Antes de proponer la fuente de vida, expresa su necesidad de los demás. La primera cosa que hace no es hablar de Dios, es pedir agua. Creo que la primera actitud que debería adoptar la Iglesia de hoy es la de tener necesidad de los demás y no querer decir «Dios» enseguida”.

Caminando con La Viña.

Ese mismo año, el domingo 5 de Julio, fuimos reconocidos y abrazados por el Movimiento de La Viña  con el que compartimos sus valores y su visión del Reino de Dios. La Viña se ha caracterizado por su estilo contemporáneo informal, su énfasis en las relaciones, su música de adoración y su visión del Reino de Dios.  Este Movimiento hunde sus raíces en los llamados Jesus People de las décadas de 1960 y 1970. Miles de hippies pusieron su fe y esperanza en Jesús. Eran bautizados en las playas de California, componían sus propias canciones con mensaje cristiano y en su propio estilo. Uno de los personajes más famosos dentro de los Jesus People fue Larry Norman, conocido como el padre del rock cristiano. Larry fue el primero que combinó el rock & roll con letras cristianas.  

Al momento en que escribo estas líneas, nuestra Comunidad está a punto de dar un pasó más de fe. Ha pasado un año desde aquella reunión en que ya no cabía una persona más en la acogedora sala de nuestra casa y tuvimos que buscar un nuevo lugar de reuniones. Al iniciar el año 2010 Interludio tendrá sus reuniones en un nuevo local, un antiguo teatro cercano a la Universidad de Costa Rica.  Ha sido un año de mucho aprendizaje y de mucho crecimiento. No todo ha sido fácil, hemos derramado tantas lágrimas como también han resonado nuestras carcajadas. Ha sido un proceso fascinante en el que el amor y el respeto han sido sembrados, abonados y regados con esmero.  Hemos probado su fruto dulce y vivificante (Ef. 5:2).  

Al retomar las líneas que describen la historia de nuestra Comunidad, me doy cuenta que aún hay muchas cosas por contar. Aquél pequeño teatro en el que habíamos decidido hacer nuestras reuniones no fue más que una estafa. Invertimos mucho dinero en su remodelación, per sus dueños decidieron que preferían hacer otras cosa  en ese local y no pudimos reunirnos ni una sola vez. Lo que hicimos entonces fue reunirnos en salones de hoteles mientras encontrábamos algún local barato para nosotros. Así estuvimos por más de 6 meses hasta que alquilamos una bodega sucia que había sido un taller mecánico. La remodelamos, le pusimos alfombra, cielorraso, pantalla, baños, oficina, fachada, cuarto de sonido. Esa fue una de las mejores experiencias que hemos tenido. Ver a toda la comunidad apoyando, trabajando, ilusionados con el nuevo local. Meses después vivimos una de las experiencias más tristes y formadoras para todo Interludio. El río María Aguilar se desbordó durante la temporada lluviosa e inundó nuestro local. Barro, troncos, piedras y mucha basura detruyeron todo el trabajo que habíamos logrado. Perdimos mucho de nuestro equipo y pertenencias. Estábamos devastados.

Caminando con la Universidad Veritas

Dios tenía un plan. Interludio estaba en su corazón y lo cuidó. Nos mostró su poder. Me mostró el auditorio de la Universidad Veritas en Zapote. Una Universidad de Arte y Diseño que había logrado tener mucho prestigio. Oramos mucho y, finalmente, me entrevisté con el Presidente de esa institución. Don Ronald Sasso, un hombre amable, sencillo, un cristiano comprometido que anhela ver a miles de jóvenes conocer a Dios. Nos abrió las puertas y nos permitió reunirnos en las instalaciones de la Universidad. Primero en el Auditorio 414, una gran aula equipada con audio y video y con una capacidad para unas 90 personas. Meses después ya no cabíamos y nos trasladamos al Auditorio Roberto Sasso Sasso, donde nos reunimos hasta el día de hoy.

San José, Tercer domingo de Adviento

Reuniones

Día y hora: Domingos, 10:30 a.m.

Lugar: Auditorio Sasso & Sasso, Universidad Veritas.

 

Versículo del día